Vie. Jun 5th, 2026
Productores implementan la rotación de soya y maíz para mejorar la productividad y cuidar el suelo en Nayarit.
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Un modelo sustentable basado en la rotación de cultivos y el cuidado del suelo abre nuevas oportunidades para el campo nayarita.

El campo de Nayarit comienza a transformarse gracias a nuevas prácticas agrícolas que combinan productividad y sostenibilidad. Investigadores del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP) trabajan en un modelo que busca aprovechar mejor los recursos del estado mediante la rotación de cultivos de soya y maíz.

Desde el Campo Experimental Santiago Ixcuintla, especialistas han impulsado la implementación de la labranza de conservación, una técnica que permite mantener la salud del suelo mientras se incrementa la producción. Este sistema organiza el calendario agrícola en dos ciclos: soya de julio a diciembre y maíz de enero a junio, logrando así un uso continuo de la tierra durante todo el año.

De acuerdo con investigadores del INIFAP, “no se trata solo de producir más, sino de hacerlo de manera inteligente, cuidando el suelo y asegurando la sostenibilidad a largo plazo”.

A pesar de que Nayarit cuenta con condiciones privilegiadas —como agua suficiente, tierras fértiles y clima favorable—, actualmente no se aprovecha todo su potencial. Solo el 80% de la superficie bajo riego es utilizada, cuando podría superarse el 100% mediante esquemas de doble cultivo.

La rotación entre soya y maíz resulta clave en este proceso. La soya, al ser una leguminosa, aporta nitrógeno al suelo, lo que mejora su fertilidad. Posteriormente, el maíz aprovecha estos nutrientes, generando un ciclo natural que incrementa el rendimiento sin necesidad de degradar la tierra.

Además, la labranza de conservación evita remover excesivamente el suelo, protegiendo su estructura, conservando la humedad y favoreciendo la vida microbiana. Esto se traduce en beneficios tangibles para los productores y el medio ambiente.

Entre las principales ventajas de este modelo destacan:

  • Económicas: reducción de costos y aumento en la rentabilidad de las cosechas.
  • Sociales: generación de empleo constante y menor migración rural.
  • Productivas: mayor eficiencia en el uso de la tierra y mejores rendimientos.
  • Ambientales: conservación del suelo, reducción de la erosión y captura de carbono.

La experiencia en Santiago Ixcuintla demuestra que es posible producir más alimentos sin comprometer los recursos naturales. En un contexto de desafíos climáticos y económicos, este tipo de innovación representa una oportunidad clave para fortalecer la soberanía alimentaria y el desarrollo del campo mexicano.

Por DG

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